
(Alianza inesperada)
El sol comenzó a iluminar la gran llanura, plateada por las armaduras de miles de hombres, cortada sólo por la franja verde que los separaba. Los gritos de guerra comenzaron a sonar, los rivales se observaban, ansiosos por lo que estaba a punto de suceder. Las puntas de las lanzas brillaban, los estandartes flotaban con la brisa temprana, las espadas desenvainadas clamaban entrechocar... el clamor de las guardias contra los escudos rugió como leones enjaulados... y al chillido de una flecha silbante, los ejércitos comenzaron el baile de la batalla, lento al principio, pero vertiginoso a medida que ambos bandos se acercaban entre sí, en una marea de fría determinación y sed de victoria.
Él se preguntaba que hacía allí, probablemente destinado a morir por el egoísmo de un rey que ansiaba conquistar un simple trozo de tierra. Aún así no vaciló, escudriñó sus armas y cargó contra su enemigo deseando salir con vida de aquella batalla. Las flechas volaron por el cielo buscando presas. Ambos bandos avanzaron con los escudos en alto, lenta pero decididamente, algunos cuerpos caían. El resto continuaba a paso ligero, con las fauces de las flechas hundiendo sus dientes en los escudos. Un súbito silencio, sólo roto por los gritos de los capitanes, y los ejércitos chocaron entre sí.
Hace tiempo, oyó a un soldado decir que la vorágine de batalla es como caer en el agua: todo se hace más lento, cuesta respirar y resulta doloroso moverse... pero uno lucha por subir a la superficie y sobrevivir... Todo el romanticismo de las batallas se pierde en el momento en que uno se ve metido en una: las relucientes armaduras ya no brillaban más, manchadas por el barro y la sangre, las espadas, romas de cortar huesos y carne, y los hombres ya no luchaban por la gloria ni cantaban canciones de guerra: lloraban por sus vidas y gritaban pidiendo clemencia...
De súbito, la tierra comenzó a temblar, la batalla ralentizó su flujo, todos miraban desconcertado a su alrededor. El suelo comenzó a agrietarse justo en el núcleo de la lucha: una sombra que recordaba a una garra emergió de las profundidades de la tierra. Los alrededores cedieron abriendo un oscuro hoyo que devoró a todos aquellos que cayeron por el mismo. Todo se tornó en un nuevo caos, algunos comenzaban a huir, ¿qué es lo que aquella absurda batalla había despertado?
Los seres humanos, en su arrogancia, ansían lo que otros poseen, y sólo miran por sus propios intereses sin tener en cuenta las consecuencias... Un rey idiota, un hechicero ambicioso y brujería prohibida llevaron la oscuridad al campo de batalla aquel día: una criatura sin nombre, un ser más allá de la simple mortalidad, encarnado en una parodia de vida. Una pesadilla hecha carne, salida de los peores miedos de los hombres. Ojos como rubíes brillaban en sus cuencas. Garras largas como espadas coronaban la punta de sus dedos, y una absurda cantidad de alas deformes se agitaban en su espalda, tapando la luz de sol.
Siguiendo a la criatura, miles de pequeños engendros eran vomitados por el oscuro abismo que hería la llanura. Los caballos se encabritaban y relinchaban de puro terror. Los oficiales vociferaban órdenes sin sentido... y los hombres corrían desesperados a una muerte segura.
Aquel terror nacido de la ignorancia y la magia, clamaba por la sangre de los mortales, mientras aplastaba soldados, devoraba équidos y sembraba la destrucción. Sus pequeños seguidores no eran más misericordiosos: masticaban vivos a los heridos inmóviles y arrasaban con los cadáveres que encontraban a su paso. Acuchillando, mordiendo, desgarrando.
Impulsado por una repentina fuerza de la voluntad,el joven guerrero hizo acopio de valor y arremetió contra los engendros. Aquellos que se defendían confusos tomaron ejemplo del inusitado valor del muchacho, lo que hizo despertar las almas guerreras de todos ellos. Unidos por su supervivencia por primera vez en mucho tiempo, atacaron sin piedad luchando por la misma meta, audaces en su desesperación, más letales que nunca, fueron abriéndose paso entre la horda de pequeños demonios. La criatura continuaba destrozando todo lo que se interponía en su camino. El guerrero bajó la colina presto hacia su presa. Se detuvo cerca del monstruo: repentinamente, tiró su escudo y se quitó la pesada armadura. “Un frágil escudo y una fina coraza no detendrán los golpes de un demonio”, pensó.
La situación era ridícula: un diminuto soldado, apenas un muchacho, enfrentado a una abominación de lo irreal. Con la certeza de su muerte, se lanzó como una centella, tropezando en un suelo lleno de barro sanguinolento. Le bestia, con aire curioso, igualmente lleno de furia, trató de aplastarlo de un pisotón. El joven rodó por el suelo evitando el mortal ataque, con la pata del engendro chocando a escasos palmos de su cara. Un gran estruendo seguido de una lluvia de barro hizo que la adrenalina fluyera a través del joven guerrero, que se puso inmediatamente en pie y arremetió contra el engendro. Un puñetazo directo, el muchacho rodó una vez más por el suelo ágilmente, se puse en pie de un salto e inmediatamente lanzó varias estocadas dirigidas hacia el talón de Aquiles, pero no tuvo ningún efecto, la capa de piel era similar a la piedra y el joven supo de inmediato que las armas no podrían atravesarle. El demonio lanzó una coz que envió al muchacho hacia atrás, el cual se retorció de dolor. Al abrir los ojos vio una zarpa en el aire acercándose. Aprovechando su debilidad en el suelo, el demonio lo alzó con su peluda y húmeda garra. El terror se apoderó del muchacho, incapaz de moverse, paralizado por el dolor y el miedo, todavía con la espada agarrada fuertemente. Miró los rubíes de aquella sombra. El fragor de la batalla se fue apagando y sólo quedaron los ojos rojos. Los gritos de los hombres siendo despedazados, los chillidos de placer de las hambrientas criaturitas desaparecieron. Algo desagradable y abominable se metió en su cabeza. Podía oír palabras cuyo sonido no conocía, pero conocía su significado. Cómo sobrevivió su mente a la prueba a la que fue siendo sometido nadie lo sabe: aquel diablo no quería su carne, golosina de los demonios. Iba a tragarse su alma, un manjar mucho más apetecible y más inusual. Sufriría una eterna agonía en el estómago sin fondo de aquel ser, sintiendo la carnicería y la muerte que durante eones había llevado por los planos en los que era convocado...
Un grito de desesperación, un brazo alzado y una estocada certera. Un rubí roto. Un estruendo de agonía.
“El aire está frío, el suelo está duro. No siento nada. Tengo sed.”
Hugo Alemán & David Adam


